“—He comprado la leche —dijo mi padre—. […]
Pero cuando he salido de la tienda, he oído un ruido extraño que venía de
arriba. Era algo como: zumm-zumm. Al levantar la vista he visto un enorme disco
plateado flotando sobre Marshall Road.
» “Caray”, me he
dicho. “Esto no es algo que se vea todos los días.” Y entonces, ha sucedido
algo muy extraño.”
Neil
Gaiman es muy querido en este blog. Bueno, en este, y en cualquiera que se precie.
Dejémoslo en que es un tipo muy querido, con una imaginación y una ternura
desbordantes, y capaz de saltar de géneros, estilos y públicos como quien no
quiere la cosa. Y que habiendo leído una amplísima muestra de su obra (salvo en
lo que se refiere a cómic, que solo he leído su fabuloso The Sandman y su 1602),
tan solo me ha decepcionado con algunos relatos cortos. Ya le daré otra
oportunidad.
Mientras
tanto, resultó que hace poco pasaba por aquí por España y yo, feliz y contento,
fui a verle. Esperando la kilométrica cola, me compré dos cosas suyas
pendientes tiempo ha: American Gods
(que no critiqué en su día… pero para mí es su obra más perfecta, al nivel de The Sandman), y El galáctico, pirático y alienígena viaje de mi padre (o, como se
llamó en inglés, porque sé que hay muchos que no gustan de la traducción: Fortunately, the milk). Y aunque al
final solo me firmó dos ejemplares, y decidí que fueran Stardust (que se lo regalé a mi hermana, muy fan también) y Buenos presagios (para que me lo firme
Terry cuando sea yo otro autor de éxito del fantástico absurdo), pues aproveché
la compra y di muy buena cuenta de este simpático relato infantil.