“Así era como ocurría con el hombre; siempre
había sido así. Había llevado el terror consigo mismo. Y aquello ante lo que
siempre se había sentido aterrorizado era él mismo”.
Hace poco leí, en un
recopilatorio de ciencia ficción, a un prologuista que afirmaba que Bradbury
era el poeta de la ciencia ficción; Asimov, el científico; y Clarke, el
metafísico. Siguiendo con esa analogía, sin duda habría que emprender una
búsqueda del “filósofo” de la ciencia ficción, un puesto que podrían reclamar
mitos como Philip K. Dick o George Orwell. Pero si tengo que elegir al filósofo
por excelencia, al filósofo con mayúsculas del género, no lo pensaría dos
veces: Clifford D. Simak.
A día de hoy solo he leído dos
libros de este autor: El planeta de
Shakespeare, y el que hoy nos ocupa. Con el primero, se convirtió
automáticamente en mi autor de ciencia ficción favorito, por delante de
cualquier otro, y he tardado muchísimo en volver a leerle por dos motivos: el
primero, que no es sencillo encontrar sus obras (es probablemente el escritor
más injustamente desconocido de la historia) y, en segundo lugar, porque temía
que me decepcionara.