“Ya no somos jóvenes. Ya no queremos
conquistar el mundo. Somos fugitivos. Huimos de nosotros mismos. De nuestra
vida. Teníamos dieciocho años y empezábamos a amar el mundo y la existencia;
tuvimos que disparar contra eso. La primera granada que explosionó, lo hizo en
nuestro corazón. Estamos al margen de la actividad, del esfuerzo, del progreso.
Ya no creemos en nada de eso; creemos en la guerra.”
Habitualmente
son las experiencias vitales las que dan un mejor sustento para la literatura.
Es una norma bastante universal (incluso la fantasía o la ciencia ficción
tienen un importantísimo sustrato en las vivencias del autor), que se refleja
aún más si cabe en novelas de corte social o de denuncia. Y es eso, justamente,
lo que ocurre con Sin novedad en el
frente.
Publicada
en 1929, la novela se convirtió en un éxito inmediato adaptado al cine por el
dos veces oscarizado Lewis Milestone, a pesar de que poco después de su
publicación fuera prohibida en Alemania por el incipiente régimen nazi. Algo
perfectamente comprensible esto: Remarque tenía tan solo 16 años cuando estalló
la Gran Guerra, y al igual que le protagonista de su obra, escrita en primera
persona, se vio arrastrado a esta, arrancado de su infancia y obligado a
enfrentarse al horror siendo casi un niño.
