“En lugar de tenerla esperando su muerte, él
se consideraría muerto desde ese momento, y consagraría su vida a alegrar la de
ella”
[Oye, ¿cómo se hacía esto? ¡Que
no me acuerdo! ¿Qué? Ah, ¿ya está el micro abierto? Jo, voy, voy. No me metáis
prisa. A ver…]
¡Hola! ¿Me recordáis? Sí, soy yo.
Spartan George ha vuelto a daros la plasta. Lo siento, sé que los días sin mí
se han hecho cortos. Pero no todo es felicidad en esta vida, tendréis que
soportarme como a una nube cargada de lluvia en forma de palabras. Que no iba a
dejar solos a mis compañeros que tan bien lo han hecho estos meses, jo. Bueno,
vamos a ello.
Os traigo, como vuelta a mi mundo
de crítica, una novela de la que no sabía absolutamente nada hasta hace dos
semanas. Nada de nada. Estaba por la biblioteca buscando algo de… ya ni me
acuerdo de quién. ¿Simak? Probablemente. El caso es que me topé con un libro
cuyo título me atrajo horrores: La madre
del capitán Shigemoto. Lo cogí. “Jun'ichirō Tanizaki”. Vaya, literatura
japonesa. Hmm, del siglo XX… Echémosle un vistazo.
