Algunas cosas no cambian. Hay cosas
encerradas detrás de los muros que no pueden cambiar porque nadie las oye.
Las peores heridas son las
del alma. Son las que parece que se curan, pero al final dejan una cicatriz que
escuece e incluso sangra. Y la despiadada humanidad no deja de hurgar en la
herida, a veces sin querer, otras veces por provecho o maldad. Las mujeres son
sus víctimas favoritas. Ese colectivo, muchas veces despreciado y silenciado a
lo largo de la historia. Obligadas a ser y parecer puras, siempre ante la
paternalista y tiránica tutela del hombre de la casa. Federico García Lorca lo
sabía bien. Siempre las comprendió muy bien, y ellas gozaron de sus papeles
protagonistas. Yerma, la zapatera, Bernarda Alba o Rosita son quienes dan vida
a esa mujer de la primera mitad del siglo XX.
La obra de Lorca trata de
la desesperación de la protagonista de conseguir la maternidad, impuesta por su
propia naturaleza y la sociedad. La obsesión de Lorca por el tema de la
esterilidad es evidente, ya que el problema está presente en gran parte de su
obra.

