“Ahora, en cambio, la Tierra me parece
demasiado pequeña y sin importancia. Cada descubrimiento me ha planteado
incógnitas aún mayores, y me ha abierto horizontes más amplios. Me pregunto
dónde terminará esto.”
A
menudo he afirmado que Clarke me parece el maestro indiscutible del género de
la ciencia ficción, algo más (aunque, seamos sinceros, tampoco mucho) que
Asimov, y el que mejor define y expone lo que supone esta literatura. Es un
autor capaz de desarollar una prosa asequible y cercana al lector, que trate
temas filosóficos y científicos de una profundidad encomiable, y que además sea
capaz de mostrar y explicar de forma coherente los posibles avances futuros de
la humanidad.
A
veces, sin embargo, no consigue todo eso, y entonces estamos ante obras suyas
que, sin ser malas, sí podemos tildar de flojas. Es lo que muchos dicen de, por
ejemplo, Cánticos de la lejana tierra
(que casualmente es mi favorita suya); y es algo que muy pocos dicen de La ciudad y las estrellas, en general
considerada uno de sus clásicos… pero que yo digo, sin dudarlo demasiado.





