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miércoles, 12 de diciembre de 2012

"La maldición de Stavanger" de Sr.Mufasa

¡Volvemos un miércoles más con un nuevo relato erótico! Esta vez, otra de las Menciones de Honor otorgadas por nuestro jurado.

No digáis que no os damos siempre lo mejor.

Pero antes de dejaros el relato, os pedimos disculpas (con la boca pequeña, eso sí) por la falta de críticas estas últimas semanas y por la tardanza en subir este tercer relato. En nuestro favor decir que somos estudiantes y las semanas antes de las Pascuas siempre son difíciles. Anyway, no volverá a ocurrir.

Pronto tendremos más críticas (tenemos por ahí a Murakami, Mario Crespo, Markus Zusak y alguno más), un Podcast chuloso aunque sin fecha todavía y un par de entrevistas con escritores, en primicia para vosotros.

Bueno, bueno, ya me callo y os dejo con:

"La Maldición de Stavanger" de nuestro rubio aunque no por ello menos bonico Sr. Mufasa.

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1

Luces de neón centelleaban frenéticamente en una orgásmica explosión de colores, al tiempo que la guitarra de Richard engendraba acordes, arpegios y algún que otro armónico imposible que nacían de monstruosos bafles, estremeciendo hasta los cimientos de aquella modesta sala en aquella lejana cuidad… “¿Cómo demonios se llamaba? Saberse el nombre de la cuidad es tarea del cantante…”


miércoles, 5 de diciembre de 2012

"La Hiena" de A.Gándara

Volvemos con la primera de las Menciones de Honor que el jurado del Concurso de Relatos Eróticos concedió a A. Gándara con su texto "La Hiena".

Recordamos que cada miércoles colgaremos un nuevo relato erótico hasta agotar las menciones.

¡Esperamos que os guste!

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Desde que él había entrado por la puerta de la discoteca, buscaba una mujer a su altura. Tenía clase, no era como los demás pringados que buscan desesperados una borracha que les haga caso, les riera sus chistes malos y abriera bien las piernas. Él esperaba a la chica adecuada. Y cuando la encontraba iba a por ella. Sabía que era irresistible. Solo había que verle, se decía. Pelo castaño, ojos verdes, rasgos delicados pero aún así viriles, y cuerpo formado en el gimnasio. Sus gestos, sus ademanes, su estilo de vestir, todo remitía a una persona elegante. De estos hombres que solo aparecen en las películas, con traje y sonrisa del millón de dólares.

Tiempo después divisó a su próxima víctima. Perfecta, se dijo. Rubia, de tez clara, ojos azules soñadores, nariz pequeña, sonrisa juguetona, cuello esbelto, pechos pequeños pero firmes, vientre plano, largas piernas. Iba enfundada en un vestido azul claro que realzaba sus curvas, y combinado con sus tacones dotaba a sus piernas una sensación de infinitud.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

"Yo, mi, me...contigo" Ganador del Concurso de Relatos Eróticos

¡Ya está aquí el relato ganador de nuestro primer concurso!

Como os hemos ido anunciando por Twitter (@laplumarota) y la página de Facebook tras la publicación de hoy del relato ganador os iremos colgando cada miércoles un relato más de los tres premiados con matrícula de honor.

Colgaremos los links en las redes sociales y también colgaremos los relatos en: masplumarota.wordpress.com
en la pestaña: Relatos.

Así que sin más dilación aquí tenéis:

"Yo, mi, me...contigo" de Verónica Lilium

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En el espejo solamente estaba yo. ¡Qué sorpresa! Miré mi reflejo y fruncí los labios. Desnuda y recién salida de la ducha, apenas me había frotado el pelo con la toalla y por mi espalda resbalaban gotas de agua fría. Examiné mi cuerpo que, muy a mi pesar, no era nada del otro mundo. Pensé que cualquier hombre me habría considerado una tía cachonda, más por mis veinte años que por cualquier otra cosa. Con la mirada fija en el espejo levanté las manos y me retorcí el pelo, un chorro de agua empapó la alfombra y yo dejé las manos posadas a los lados de mi cuello. Me acaricié las clavículas, salientes y huesudas. Me encantaban mis clavículas. Deslicé las manos por mi torso y con un dedo rodeé la curva de mis pechos. Primero uno y luego el otro. Mis pezones estaban erizados, del derecho colgaba una gotita de agua dispuesta a precipitarse en cualquier momento. Detuve la mirada en aquel pezón goteante y con el índice recogí la gota antes de que cayese. Me llevé el dedo a los labios y lo chupé, quizá con demasiado ahínco para una sola gota. Cerré los ojos y empecé a notar una humedad que nada tenía que ver con la ducha que acababa de darme. Continué acariciándome la tripa, el ombligo y la cadera y la sensación aumentó, una sorda vibración en el vientre, una presión que incitaba a algo mucho mejor.