“La mayor fuente de problemas de mi vida es
que no paro de encontrarme con gente amigable en los bares. No solo estimulan
mi tendencia natural al alcoholismo, sino que me meten en toda clase de líos en
los que preferiría no meterme. La gente amigable me ha acosado en los bares
desde que empecé a frecuentarlos, es decir, hace muchísimo tiempo”.
Hasta hace dos días
(literalmente: hasta el miércoles por la mañana) no había oído hablar de
Kenneth Cook en mi vida. Pero en una pausa que hice en la lectura de Matadero cinco de Vonnegut, me puse a
vagabundear por la biblioteca de la universidad en busca de mi próxima presa. Literaria,
no penséis mal. Algo de sci-fi ligera (salí de allí con La chica mecánica de Bacigalupi, que fue una grata sorpresa
encontrar, la verdad), o fantástico, o una nivola apetecible... Y de pronto vi
esto.
Me asaltó a los ojos el título,
claro. El koala asesino. “¡¿Qué
demonios?!”, pensé (imagino que como todos). Luego leí que se trataba de una
colección de “relatos humorísticos de la Australia profunda”. Sonaba cada vez
mejor. Y finalmente descubrí que el señor Cook no solo es periodista y escritor
como yo, sino que también fue guionista y presentador de televisión, que como
lepidóptero aficionado creo la primera granja de mariposas australiana y que
cofundó un partido político que se opuso a la guerra de Vietnam. Lo peculiar de
este caballero me convenció de que merecía la pena darle una oportunidad.

