¡Ay, ay, cómo culpan
los mortales a los dioses!, pues de nosotros, dicen, proceden los males. Pero
también ellos por su estupidez soportan dolores más allá que de los que les
corresponde.
Pocos libros han gozado de la importancia de los poemas
épicos de Homero. De este legendario autor no sabemos mucho de su vida, ni
siquiera sabemos con absoluta certeza si fue real. Lo único cierto es que los dos textos marcaron la
esencia de los griegos, y por ende de Occidente. Todo joven heleno que se
precie conocía de memoria varios pasajes de memoria, cuando no la obra entera.
El más grande de ellos, Alejandro Magno, buscó la gloria imperecedera de
Aquiles, de quien decía ser su descendiente, a través de sus conquistas en
Asia. Fue célebre su homenaje en Troya, acompañado por su Patroclo particular,
Hefestión.
Ya han pasado varios años de la conquista de Troya. Pero
Odiseo, Ulises en latín, permanece lejos
del hogar mientras su mujer es asediada por un grupo de pretendientes que
devoran la riqueza de Ítaca. Pero gracias
a la intervención de Atenea, podrá intentar retornar a su hogar, a pesar
de la oposición de Poseidón.
