“Al impedir los fracasos de la Realidad, la
Eternidad también impide el logro de los triunfos. Sólo haciendo frente a las
grandes pruebas puede la Humanidad elevarse a nuevas y mayores alturas. Del
peligro y de la aventura han salido siempre las fuerzas que han llevado al
Hombre a nuevas y más grandes conquistas.”
Resulta
curioso: en mi última crítica arremetía contra una obra de un autor que siempre
ha estado entre mis favoritos del género; hoy, toca hacer lo contrario, y
elogiar la obra de un autor que, aunque me gusta, siempre he creído que está
pelín sobrevalorado en lo que viene siendo la ciencia ficción (no porque sea
malo, que no lo es en absoluto, es un maestro indiscutible… sino porque muchos
no son capaces de ver más allá de Asimov).
La
premisa de El fin de la eternidad
trata con un tema clásico con el que me he topado muchísimo en los últimos
tiempos: los viajes en el tiempo. La premisa que se plantea es simple: una vez
descubiertos los campos temporales en el siglo 24, la humanidad puede lanzarse
en el 27 al desarrollo de un cocepto/lugar/sistema/entidad indefinidad a la que
se conoce como “Eternidad”: virtualmente infinita hacia adelante y hacia atrás,
y que permite viajar y modificar cualquier hecho en toda la Historia, conocida
o por conocer.



