La guerra, no la paz, produce la virtud. La guerra, no la paz purga el vicio. La guerra, y la preparación para la guerra, inspiran todo lo que de noble y honorable hay en el hombre.
Los héroes pueden ser idolatrados. Pero las autenticas leyendas son las que consiguen la autentica inmortalidad, la inmortalidad que Alejandro Magno consiguió en Asia. Los nombres se esculpen en lugares más perecederos que la roca. Se vive eternamente en la memoria de sus contemporáneos que contaran la leyenda a sus hijos, escribirán poemas épicos de guerra y valor, forjando una leyenda mezcla de realidad y mito. Los griegos eran conocedores de ello, y Alejandro, su estandarte se comportó como un verdadero héroe homérico. Otros no lo buscaron como el macedonio, pero consiguieron su lugar en la leyenda, como Leónidas y los 300.





