lunes, 18 de febrero de 2013

Federico García Lorca - Yerma (1934)




Algunas cosas no cambian. Hay cosas encerradas detrás de los muros que no pueden cambiar porque nadie las  oye.


Las peores heridas son las del alma. Son las que parece que se curan, pero al final dejan una cicatriz que escuece e incluso sangra. Y la despiadada humanidad no deja de hurgar en la herida, a veces sin querer, otras veces por provecho o maldad. Las mujeres son sus víctimas favoritas. Ese colectivo, muchas veces despreciado y silenciado a lo largo de la historia. Obligadas a ser y parecer puras, siempre ante la paternalista y tiránica tutela del hombre de la casa. Federico García Lorca lo sabía bien. Siempre las comprendió muy bien, y ellas gozaron de sus papeles protagonistas. Yerma, la zapatera, Bernarda Alba o Rosita son quienes dan vida a esa mujer de la primera mitad del siglo XX.


La obra de Lorca trata de la desesperación de la protagonista de conseguir la maternidad, impuesta por su propia naturaleza y la sociedad. La obsesión de Lorca por el tema de la esterilidad es evidente, ya que el problema está presente en gran parte de su obra.



El matrimonio sin amor, sin otro interés de procurar hijos que no llegan. Ese es el martirio de la protagonista. La condena de ver como las otras mujeres paren, aguantar las burlas a su espalda, un marido que pide que mantenga el decoro y la honra sin cumplir su parte en el matrimonio, y acabar viéndose reducida a rezos y rituales mientras ve a su amor pasar de lado.


Esta Yerma histriónica la acompaña su marido Juan, un hombre que sólo piensa en trabajar para conseguir dinero, y no quiere que ninguna tercera boca aparezca para devorar su jornal. Su amiga María, el joven Víctor, una joven y descarada lavandera y una vieja pagana, personaje bastante interesante, son lo más destacable de los personajes secundarios.


La estructura resulta ser una novedad. La obra está compuesta por tres actos de dos cuadros cada uno. Entre cada escena se adivina un creciente paso del tiempo en el que Yerma va cambiando drásticamente. El cambio es totalmente radical llegando a cometer actos insospechables al principio.  Yerma acaba sucumbiendo al desanimo: Cada vez tengo más deseos y menos esperanzas.


La obra está compuesta por conversaciones entre los personajes llenas de elementos poéticos como metáforas o imágenes. El autor expresa con ellos toda el sentimiento interior de la protagonista. El tratamiento del personaje femenino es bastante complejo, como es común en Lorca, al igual de la mentalidad y la ambientación de la España rural de la época. El andalu consigue que el elemento popular se fusione con la calidad poética.


Lorca da un magistral punto y final a la obra, con la emoción por todo lo alto y los nervios a flor de piel. Yerma se muestra totalmente desquiciada, violenta, rabiosa  y oscura. Los gritos finales cierran una vida llena de insatisfacciones y promesas sin cumplir.


Lo mejor: La evolución de Yerma

Lo peor: Juan podría evolucionar más.

Calificación: 9’7 

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