
“Era un sonido paciente e impasible como el de las flores cortadas; el silencio de un hombre que espera la muerte”.
No es ningún secreto para la gente que me rodea que soy un fanático de la literatura de fantasía y ciencia ficción. Probablemente conozca más autores de ambos géneros que reyes españoles de los últimos cinco siglos. Tanto la fantasía como la ciencia ficción tienen la capacidad de envolverme, de hacerme salir de la realidad durante unas horas, de sumergirme en mundos que ni existieron ni existirán, pero que a menudo son más reales que todo cuanto conozco a diario. A menudo, son obras más o menos elogiables, aunque la mayoría cojea de un pie o de otro: o son ricas en la forma y pobres en el fondo; o tienen un fondo atípico pero un estilo mejorable… Son muy extraños los casos de autores perfectos en todos sus estilos, y que sean además capaces de mantener esa perfección a lo largo de las grandes extensiones que suelen componer estas obras (sobre todo en fantasía). De vez en cuando, sin embargo, surge de la nada un autor desconocido que puede hacer llegar una obra “friki” a todos los rincones de la literatura, llevando la fantasía a un nuevo nivel. Y Patrick Rothfuss es uno de esos autores.