domingo, 7 de septiembre de 2014

Isaac Asimov – El fin de la eternidad (1955)


 “Al impedir los fracasos de la Realidad, la Eternidad también impide el logro de los triunfos. Sólo haciendo frente a las grandes pruebas puede la Humanidad elevarse a nuevas y mayores alturas. Del peligro y de la aventura han salido siempre las fuerzas que han llevado al Hombre a nuevas y más grandes conquistas.”

Resulta curioso: en mi última crítica arremetía contra una obra de un autor que siempre ha estado entre mis favoritos del género; hoy, toca hacer lo contrario, y elogiar la obra de un autor que, aunque me gusta, siempre he creído que está pelín sobrevalorado en lo que viene siendo la ciencia ficción (no porque sea malo, que no lo es en absoluto, es un maestro indiscutible… sino porque muchos no son capaces de ver más allá de Asimov).

La premisa de El fin de la eternidad trata con un tema clásico con el que me he topado muchísimo en los últimos tiempos: los viajes en el tiempo. La premisa que se plantea es simple: una vez descubiertos los campos temporales en el siglo 24, la humanidad puede lanzarse en el 27 al desarrollo de un cocepto/lugar/sistema/entidad indefinidad a la que se conoce como “Eternidad”: virtualmente infinita hacia adelante y hacia atrás, y que permite viajar y modificar cualquier hecho en toda la Historia, conocida o por conocer.

En ese contexto, la Eternidad recluta a los llamados Eternos, hombres (apenas hay mujeres, por algo que se explica en el transcurso de la historia) entrenados para trabajar en este plano y mantener controlado el destino de la humanidad con pequeñas variaciones que provocarán reacciones en cadena y cambios inimaginables. El protagonista será Andrew Harlan, un Ejecutor (artífice de los cambios) asociado al mítico Programador Jefe Twissell (ideólogo de estos), que se enamorará de una mujer de la realidad… y luchará por ella aún si con eso tiene que destruir la propia Eternidad.

La novela es una de las piezas más queridas de Asmoiv, y a medida que uno la lee, es muy fácil entender el porqué. En primer lugar, la amplitud de miras de la novela le permite asociarse con un sinfín de públicos: es ciencia ficción, sí, pero también tiene elementos de misterio y suspense (ciertas huellas de Stanisłav Lem veo en ella), e incluso de novela romántica. Las huellas de los clásicos resultan evidentes, especialmente a La máquina del tiempo de Wells; o a Bradbury, aunque es difícil intuir si las semejanzas con Fahrenheit 451, publicada dos años antes, son intencionadas o mera casualidad.

Por otra parte, en el apartado técnico Asimov resulta tan sobresaliente como siempre. El tema de los viajes en el tiempo siempre ha sido una  de las mayores intrigas de la ciencia ficción, con mayor o menor acierto a la hora de intentar explicarlo. Aunque a día de hoy la teoría que más me convence y me resulta más rigurosa en lo científico es la de Gregory Benford en Cronopaisaje (de la que, por cierto, debería hablaros un día), le he cogido mucho cariño a la apuesta de Asimov por una visión del tiempo como una suerte de lago, y no como una corriente estática, donde hay diversas realidades, y los cambios van diluyendo su influencia a medida que el tiempo avanza.

El estilo, y eso hay que destacarlo de forma muy habitual en esta época de Asimov, es muy cercano y fácil de leer, algo más encomiable si cabe a pesar de lo arduo de los temas que trata. Pues, además de plantear una ciencia ficción rigurosa y seria, y con un buen hilo conductor en la historia, no deja al azar los interrogantes éticos y filosóficos de su obra: en esta ocasión, y hecha clara la posibilidad de modificar el curso de la historia, se nos plantea… ¿es lícito hacerlo? ¿Acaso el ser humano tiene derecho a borrar sus propios fracasos pasados para no sufrir?

Ciencia explicada con rigor para crear una realidad (futura) hoy irreal, pero a priori realizable; una buena historia que se combine con este mundo; y un planteamiento filosófico y moral que lleve a reflexión. Para mí son los tres pilares básicos del género, y Asimov los trata aquí con maestría y sin dejar al azar ninguno de ellos.

Allez-y, mes ami!

Buenos días, y buena suerte.
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LO MEJOR: cómo plantea Asimov el concepto de tiempo, el buen desarrollo de la historia de amor, y la combinación de géneros. La forma que tiene de ver a su propia época varios cientos de siglos en el futuro. Y, por supuesto, el trasfondo de la obra.

LO PEOR: resulta un tanto caótico en sus numerosos viajes por distintas realidades y épocas, y aunque plantea la cuestión de las paradojas temporales, no puedes librarte de la impresión de que en la novela hay algunas de ellas, ineludibles. Por otra parte, a pesar de lo que me gusta el estilo, en las primeras páginas, cuando aún no sabes nada de lo que ocurre, se hace un tanto denso.

VALORACIÓN: 8,75/10. Una de las mejores obras que haya leído del género, y de mis favoritas del autor (aunque ahí sigue imbatible el Anochecer que coescribió con Silverberg).

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