lunes, 2 de junio de 2014

Erich M. Remarque – Sin novedad en el frente (1929)



 “Ya no somos jóvenes. Ya no queremos conquistar el mundo. Somos fugitivos. Huimos de nosotros mismos. De nuestra vida. Teníamos dieciocho años y empezábamos a amar el mundo y la existencia; tuvimos que disparar contra eso. La primera granada que explosionó, lo hizo en nuestro corazón. Estamos al margen de la actividad, del esfuerzo, del progreso. Ya no creemos en nada de eso; creemos en la guerra.”

Habitualmente son las experiencias vitales las que dan un mejor sustento para la literatura. Es una norma bastante universal (incluso la fantasía o la ciencia ficción tienen un importantísimo sustrato en las vivencias del autor), que se refleja aún más si cabe en novelas de corte social o de denuncia. Y es eso, justamente, lo que ocurre con Sin novedad en el frente.

Publicada en 1929, la novela se convirtió en un éxito inmediato adaptado al cine por el dos veces oscarizado Lewis Milestone, a pesar de que poco después de su publicación fuera prohibida en Alemania por el incipiente régimen nazi. Algo perfectamente comprensible esto: Remarque tenía tan solo 16 años cuando estalló la Gran Guerra, y al igual que le protagonista de su obra, escrita en primera persona, se vio arrastrado a esta, arrancado de su infancia y obligado a enfrentarse al horror siendo casi un niño.

Es esa la tesis principal que recorre toda la novela, y que se refleja perfectamente en párrafos cargados de fuerza y dolor: cómo el sinsentido de la guerra no solo provocó la pérdida de millones de vidas, sino que también truncó las esperanzas de incontables jóvenes, separados de su pasado e incapaces de adaptarse a una sociedad que no habían conocido antes del estallido del conflicto. Así lo cuenta varias veces el protagonista: “durante años enteros nuestra tarea ha sido matar; este ha sido el primer oficio de nuestras vidas. Nuestro conocimiento de la vida se reduce a la muerte. ¿Qué más puede suceder después de esto? ¿Y qué será de nosotros?”.


Estas vivencias y pensamientos son las que conjugan el núcleo central de toda la novela. Tanto es así, que el avance temporal es necesario para el desarrollo de los personajes, pero casi impercetible, y las fases de la guerra apenas si tienen un breve protagonismo cuando se habla de ellas fuera del frente. No importa cómo está avanzando el conflicto, sino únicamente cómo se vive el día a día en él.

De hecho, la narración de las batallas y escaramuzas tiene un valor enorme, pero no son narraciones detalladas, sino simples pinceladas que da el protagonista. Cada una de ellas, aunque diferente, podría ser la misma que otras de las que se narran, pues la guerra parece ser siempre la misma. Lo importante no es tanto que la lucha avance, sino cómo los soldados sobreviven en las trincheras, o cuando se alejan de ellas. Cómo buscan artimañas para mejorar su vida en el frente, cómo lidian con oficiales engreídos...

Lo narra todo ello Remarque con una crudeza indescriptible y que encoge el corazón, dado que sientes perfectamente que de quien está hablando todo el rato es de sí mismo, sea real o no lo que cuenta. Es por ello que no escatima ni detalles ni pensamientos, incluso aunque estos hagan perder “nobleza” a sus personajes. Si tiene que narrar cómo matan a un enemigo indefenso en un momento de pánico, lo hace. Si ha de narrar cómo roban a granjeros para comer, lo hace. Tanto lo bueno como lo malo se dan la mano para crear un relato muy realista y cercano al lector, casi cómplice.

Es por ello que se entiende perfectamente la prohibición de la novela en los años previos a la Segunda Guerra Mundial, con el ascenso del régimen nazi: Remarque, mediante esa narrativa, destaca siempre lo peor del conflicto, no saca a relucir nada bueno que haya traído, y hace una crítica voraz a quienes lo provocaron.

Una de las escenas más emblemáticas es, de hecho, aquella en la que el protagonista habla de los prisioneros rusos que hay junto a su cuartel, y de cómo les echa una mano siempre que puede al ver una miseria de la que no son culpables; de igual modo, sale a relucir con gran importancia otra escena donde varios soldados debaten sobre las causas de la guerra, que achacan a sus líderes; o donde el protagonista queda atrapado en el cráter de un obús con un enemigo muerto, y reflexiona sobre lo inútil y casual de su muerte, y cómo podían haber sido amigos de ser diferente la circunstancia que los rodeaba.

En general, destaca con gran fuerza ese trasfondo tan profundo, y únicamente queda algo más deslucido el estilo que, si bien es gris, sobrio y cercano al lector, algo que permite recrear perfectamente el ambiente, a veces se hace demasiado farragoso o poco pulido, y crea escenas que resultan un tanto pesadas de leer.

Por último, es de agradecer un hecho que podría parecer obvio, pero no lo es tanto: el autor es alemán, pero no partidista. Acostumbrados al punto de vista de los vencedores en el conflicto, resulta interesante leer algo que es casi una crónica del otro bando, pero que no juzga a los combatientes, sino los fundamentos de la guerra en sí misma, y que demuestra las semejanzas que había entre uno y otro bando.

Allez-y, mes ami!

Buenas noches, y buena suerte.

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LO MEJOR: la fuerza del mensaje que transmite, y el final, que es increíble.

LO PEOR: el estilo puede ser un poco pesado a veces, por el lío a la hora de narrar conflictos sistemáticamente similares.

VALORACIÓN: 8/10. Un relato lúcido, despiadado y de primera mano sobre los horrores de la guerra, que sin duda supone una lectura obligatoria.

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