miércoles, 19 de diciembre de 2012

"El Incauto" de Blaze Dust

¡El último de los relatos con mención de honor está aquí!

(UN GRAN OOOOHHH GENERAL)

Volvemos otra semana más con la última de las menciones de honor concedidas por nuestro selecto jurado, aunque tenemos algunas noticias que daros:

1. Hemos terminado los relatos ganadores pero continuaremos con otros dos que aunque no han recibido mención de honor, fueron valorados muy positivamente por el jurado.

2. El PODCAST de LaPlumaRota ya está grabado aunque tendremos que esperar un poco para poder escucharlo, estad atentos al Twitter, FaceBook y esas cosas.
[En el Podcast os revelamos otras sorpresas que estamos preparando para las navidades]

Así que ahora sí que sí, aquí tenéis:

¡El Incauto de nuestro querido Blaze Dust!


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La cafetería estaba abarrotada. Ella se sumergía en las páginas de un ejemplar de Dorian Gray, mientras apuraba un poco más su café. Café. Vaya cosa más aburrida. Debería estarme tomando un daikiri en la playa... En fin.

Miró a su alrededor. No había mucho cambio. Resignada, terminó su café. Encendió un cigarrillo con su Zippo, besó la primera calada, y volvió a hundir su mirada y su conciencia en las páginas de aquel Dorian Gray.

-Así que Oscar Wilde, ¿eh?

-Héctor -dijo, como quebrada.

-Sí, yo. ¿Cómo es que te ha dado por el loco señor Wilde?

-Siempre me ha atraído la figura de Dorian. Prístino, incorruptible, atractivo...

-Pero un cabrón.

-Sí... y no -exhaló ella.

-Y... ¿por qué?

-Es un alma rota por el desamor, en búsqueda de la belleza eterna.

-¿Roto? ¿Desamor? ¡Pero si le deja él a ella, y además la mata del desamor!

-Tú por poco me matas del aburrimiento. Huevón -sentenció.

-No te vas a creer lo que...

Sin embargo, ella le cortó, rápida, implacable.

-¿Te gustaría ser eterno, Héctor?

-Eterno. Vivir eternamente, dices. Menudo coñazo. ¿Dónde estaría la chispa, si todo es para siempre? ¿Qué sería de la emoción? Sería como ver una y otra vez la última hora de "Apocalypse Now". Un terrible coñazo.

-¿No anhelas las seguridad, Héctor? -susurró.

-Para qué. ¿Qué ha hecho la seguridad por mí? Además, no me gusta como escribe el palomo cojo este.

La chica frunció el ceño.

-¿Palomo cojo?

-Sí, Wilde era una loca. Se zumbaba a un adolescente. Lo encarcelaron por eso. La verdad, sabiendo cómo eran las cárceles victorianas, no le debía disgustar mucho. Si quieres leer algo de novela inglesa victoriana...

Oh-no. El historiador gafapasta ataca de nuevo...

-... léete algo de Conan Doyle, en sus novelas refleja mucho mejor el Londres victoriano, porque...

Bla, bla, bla. El chico era pedante hasta el extremo, pero nadie podía dudar de su buena lengua. Eso a ella le gustaba. Le miraba, le saboreaba con la mirada, repasaba todo su cuerpo, desde el torso delgado pero fuerte, en su boca charlatana, en su nariz recta, y en sus ojos. Ella se podía perder en la inmensidad de esos ojos negros y profundos como un abismo, a juego con su melena negra de brillos azules.

-Para el carro -cortó ella, nuevamente. ¿Me estás hablando de locas y palomos cojos, y vas y me recomiendas algo de Sherlock Holmes? Es como decir que te aburre "2001: Una Odisea en el Espacio" y recomendarme luego algo de Isabel Coixet.

-¿Estás insinuando que Sherlock Holmes es…?

-Gay.

-Es refinado, británico...

Ella le volvió a cortar.

-Que siempre va acompañado de un "ayudante", y que no ha tenido amante alguno, que se sepa.

-¡Eso...! -estalló Héctor, viendo que un mito de su infancia se hacía añicos.

-Niégamelo. Por otro lado, los mejores artistas suelen ser homosexuales. Piensa en Safo de Lesbos, Freddie Mercury o... Miguel Ángel.

-¿Cómo va a ser Miguel Ángel...?

-Un artista que el 90% de sus figuras son masculinas, musculosas, viriles; y que las pocas mujeres que hace, o son unas vacaburras, o van tapadas hasta arriba.

Ella bajó el mentón, levantó la mirada, adquirió un gesto de confianza y le dijo:

-Ya me entiendes.

Héctor intentaba hablar, pero no podía.

-Bueno... -dijo ella, mientras se revolvía un mechón de su melena del color del fuego-. ¿Te gustaría que el placer fuera eterno?

Ella le atravesó con una estocada azul de su mejor mirada.

La sonrisa socarrona de Héctor reapareció. Ella había abandonado su flamígero mechón para posar la mano sobre la rodilla de Héctor bajo la mesa.

-Y si todo fuera fuego, energía y pasión. ¿Te gustaría algo así? -ronroneó.

Ella seguía subiendo la mano por la pierna de Héctor, lentamente. A la par que subía la mano, su pecho iba bajando. A la par que la mirada de su compañero. Al igual que su guardia. Al igual que ascendía la libido del joven.

-¿Y si toda conversación fuera como dos lenguas de fuego, que se van uniendo para crear una llama más intensa? ¿Y si todo contacto fuera un restallar de energía tan intenso que ni el mayor de los gritos pudiera taparlo?

Ella seguía subiendo la mano y bajando su pecho. Cuando su mano se encontró con la bragueta de Héctor, el joven comenzó a derretirse. La cremallera bajaba, y él se deshacía. Ella jugueteó un momento con su virilidad, a punto de estallar en su cárcel de tela, y una vez más, cortó súbitamente.

-Voy al baño.

No será tan lento, después de todo.

Entró en el baño de mujeres. Se acicaló el pelo levemente frente al espejo. En su reflejo, pudo ver a Héctor entrando como una exhalación, con fuego en la mirada. Él cerró la puerta con el cerrojo, pues sabía que a ella le gustaba tener todo bajo control.

Lentamente, rodeó el cuerpo ardiente de la fémina con sus brazos, desde atrás, besándole el cuello. El beso se transformó en mordisco, y el cariño fugaz pasó a ser ardiente pasión. Las manos de Héctor bajaban lentamente por el vientre de la chica. Ella no oponía resistencia. Él tocó su ropa interior bajo la falda, y pasó a acariciar suavemente el vello púbico de su compañera.

-Hum... rizado.

-No hay muchos hombres hoy en día a los que les guste el vello púbico, la verdad
-admitió, sorprendida-. Creo que el porno ha hecho mucho daño.

-Si quisiera una Barbie, me habría comprado una - le susurró al oído-. No deseo la perfección. Te deseo a ti. Deseo el fuego de tu interior. Te deseo a ti, real. -Mientras decía esto, iba bajando por la húmeda flor de su compañera-. Te deseo -repetía, mientras acariciaba su clítoris.

-Y yo a ti, Héctor -respondió ella, a la par que liberaba el animal encerrado de Héctor. Él se limitó a exhalar un suspiro de placer.

Ella le lanzó su mirada más maléfica, y le dijo:

-¿Sabes? Hagámoslo bien.

Rápidamente, ella dejó sus braguitas a la altura de sus tobillos, las guardó en el bolsillo del pantalón de Héctor, le cogió por la solapa, y le besó húmedamente.

A continuación, ella se sentó en la cisterna del WC, con las piernas abiertas y su vagina suplicando compañía. Ella lanzó otra terrible estocada azul directa al alma del joven. Suavemente, le indicó que bajara. El, encantado, cumplió su petición, besando su cuello, clavícula, su esternón y sus pechos. Besó y volvió a besar sus suaves senos, rodeando los pezones con su lengua. Siguió bajando, posando sus labios sobre el ombligo de la fémina, y volvió a bajar, besando cada centímetro de carne hasta toparse con la anhelada flor. Un mundo lleno de posibilidades, abierto de par en par frente a él, invitándole a entrar.

La lengua de Héctor se deslizó por la cara interior del muslo de la joven, acabando en sus labios mayores. Repasó ambos, mayores y menores, cual músico prodigioso, y comenzó a masajear el clítoris. Un espasmo de placer entreabrió la boca de la chica, seguido de otro, y otro.

Sabe usar la lengua bien, para todo.

Ella empujaba la cabeza de Héctor hacia sí misma, susurrando "más". El joven hizo más fuerza con la lengua, acelerando los movimientos de la misma.

"Más".

La danza de la lengua alrededor del clítoris seguía adelante, acompañando sus movimientos con sus dedos índice y corazón dentro de la chica.

"Más".

Héctor encontró el punto G de su compañera, subiendo ligeramente sus dedos contra la pared anterior de su vagina.

"Más". "MÁS". "MÁAAAS".

Aquello se transformó en una espiral demencial de pasión. Tras un minuto de sonoro orgasmo femenino, Héctor, sin dilación, la cogió en volandas y la atrajo para sí.

Finalmente, el liberó a su enfurecido dragón. Ella rodeó su cuerpo con sus piernas mientras cubría de besos húmedos el cuello de Héctor. Estaba entre la espada y la pared, pero oh, el famoso dicho nunca tuvo un significado más dulce.

Héctor se introducía en ella, rítmicamente, al son de una música que solamente los verdaderos amantes conocen, la que provoca el níveo blanco en la mente del compañero y el desborde de pasión en su corazón.

Poco a poco una extraña fuerza se empezó a apoderar de la chica. Aun estando sujetada por él, ella le empezaba a dominar. Ella apretaba, hacía más fuerza, se movía. Les movía a ambos, haciéndoles chocar contra las paredes del baño, cual bestia indomable, haciendo crujir los azulejos de las paredes. Ella seguía apretando, entrando y saliendo con más fiereza.

Héctor empezó a sentirse cansado. Agotado. Ella le estaba vaciando, de una forma literal y oscura. Quería parar, pero una fuerza mayor se lo impedía. No tenía voluntad. Él solo debía seguir.

Héctor siguió embistiendo, perdiendo poco a poco su fuerza, hasta que en su último aliento, le susurró a su amante "Venus...", mientras el demonio que se hacía pasar por diosa y tímida joven a la vez, se alimentaba del alma de otro incauto apasionado.

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